Frente al telón del colapso en 2014 del mayor grupo financiero de Portugal, el caraqueño José Trinidad Márquez ofreció la actuación cumbre de toda una carrera de estafador. Después de timar a la alta gerencia del banco, está fugitivo presumiblemente en algún lugar de España, donde la prensa lo bautizó como ‘el intermediario de oro’ o ‘el hombre de las mil caras’. Con su rutina del experto petrolero que se ofrece para arreglar negocios con Pdvsa, perfeccionada a lo largo de más de dos décadas, se ha ganado millones de dólares, así como acusaciones penales en varios países. Así lo reseña un reportaje de Ewald Scharfenberg para Armando Info.

José Trinidad Márquez no vive aquí: al apenas llamar por el intercomunicador al dúplex que habitaba, una voz responde con eso. También sale el portero al notar que se hacen fotos de la entrada del edificio, el número 77 de la calle de Núñez de Balboa, en Madrid. Con la parquedad que se reserva a quien se desea ahuyentar, asegura que ya hace algo más de un año que se fue.

La calle de Núñez de Balboa corre paralela a la lujosa Serrano, la Champs Elysees de la capital española, a apenas cuatro cuadras de distancia. Es el corazón de Salamanca, el barrio céntrico de Madrid que una oleada de inmigrantes venezolanos con dinero ha contribuido a gentrificar de nuevo en los últimos años. Hasta la llegada de la pandemia del coronavirus, un apartamento del edificio de Núñez de Balboa 77 se transaba por dos millones de euros.

Pero José Trinidad Márquez se ha ido de ese sector de la ciudad donde brotan los venezolanos pudientes y las marcas más exclusivas. Aunque para este reportaje no se le pudo localizar para entrevistarlo, se puede conjeturar que contó con buenos incentivos para dejar una ubicación tan privilegiada: dinero fresco para gastar y una solicitud de la justicia. De hecho, su apartamento en Núñez de Balboa llegó a ser allanado por petición de las autoridades judiciales de Portugal.

De la noche a la mañana el caraqueño de 66 años de edad se ha convertido, tanto para los tribunales como para la prensa en Lisboa, en el más colorido del elenco de personajes implicados en la trama de la quiebra e intervención en 2014 de la mayor entidad financiera portuguesa, el Banco Espirito Santo (BES).

El reciente 15 de julio, después de seis años de averiguaciones, la Fiscalía portuguesa presentó finalmente su documento de acusación sobre el caso. El legajo se toma más de 4,000 folios para descifrar la complejidad del tejido fraudulento que la alta gerencia del BES, con su presidente, Ricardo Salgado -hasta entonces conocido en Portugal por las siglas DDT, para decir el Dueño De Todo-, al frente, fue hilando por años para tapar los huecos en los balances. Los hechos que el Ministerio Público reporta son suculentos, pero la narración se puede hacer tediosa entre detalles de ingeniería financiera, operaciones con papeles de deuda y entes de gobernanza corporativa.

Para los legos, sin embargo, el voluminoso legajo guarda ocho cuartillas de picaresca: la historia rocambolesca por la que Salgado recluta, a través de un intermediario, a un impostor profesional, José Trinidad Márquez, para que ante algunos de sus colegas ejecutivos del BES se haga pasar por un alto funcionario de Pdvsa que desde Caracas viene a ofrecer a la gerencia del atribulado banco -ya para ese entonces, marzo de 2014, corrían los últimos días antes de la quiebra y la búsqueda de liquidez era frenética- el amaño de una licitación de un fondo de inversión de la petrolera estatal venezolana, a cambio del pago de algunos gastos. Márquez hizo su papel a la perfección y del lance salió con una recompensa de 4.5 millones de euros, mientras el Espirito Santo no tardaría en colapsar definitivamente, en agosto de 2014.

Más que al alcance de cualquiera sin conocimientos financieros, la lectura del episodio resulta deliciosa y cautivante. Parece el borrador del guión de una película hollywoodense de estafadores clásicos, como El Golpe (The Sting, 1973) o Escándalo Americano (American Hustle, 2013), en la que el donaire y la astucia que los timadores ponen en juego para hacer que sus víctimas incautas muerdan el anzuelo, conquistan por igual la simpatía de los espectadores. No en balde, la prensa portuguesa se apresuró en difundir la historia en innumerables notas de portada, sin reparar en que el invisible Márquez -apenas hay fotografías de él- probablemente no resultaría tan apuesto como un Robert Redford o un Christian Bale.

Lo que los medios portugueses pasaron por alto es que Márquez no solo es un artista de la estafa que ha hecho del engatusamiento del prójimo un modo de vida. En realidad acumula desde los años 90 un prontuario internacional que ahora también abarca Portugal: ha enfrentado juicios en Estados Unidos, España y Venezuela, al menos. En todas esas jurisdicciones recibió sentencia, con pena de prisión en las dos últimas. Ha vuelto siempre a las andadas, en cualquier caso. Cómo se las arregla para cumplir condenas cortas, reincidir, y alimentar así un estilo de vida de ricos y famosos, solo con fingir que es un experto petrolero, constituye una aventura de más de dos décadas que apenas se explica por una resiliencia fundada en una probable inclinación patológica.

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