La industria petrolera de Venezuela fue una vez la envidia de la región, pero después de décadas de mala gestión y corrupción, el sector se enfrenta a la ruina. El corresponsal del Finantial Times, Gideon Long, pregunta al profesor Francisco Monaldi y a la economista Tamara Herrera, qué salió mal.

La industria petrolera de Venezuela alguna vez fue vista como la joya de la corona de la región. Pero años de negligencia y mala gestión han diezmado un sector que solía suministrar el 10 por ciento del petróleo mundial. Ahora reúne menos de medio punto porcentual. Sin embargo, incluso según sus propios estándares recientes, la última producción de la industria petrolera de Venezuela es impactante.

Los datos publicados por la OPEP mostraron que el país, una vez el mayor exportador de petróleo del mundo, produjo alrededor de 370,000 barriles por día en junio.

Este es un colapso increíble. Quiere decir que volvemos a la producción que tenía Venezuela en la década de 1930 y, en términos per cápita, a principios de la década de los 20. Así que es realmente asombroso para un país que tiene algunas de las mayores dotaciones de petróleo del mundo.

Entonces, ¿cómo llegó a esto? Básicamente, hay dos razones: mala gestión y sanciones estadounidenses. En 1960, Venezuela era uno de los cinco miembros fundadores de la OPEP y el único fuera de Oriente Medio.

Cuando el presidente Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria y fundó el gigante petrolero estatal PDVSA, Venezuela bombeaba 3 millones de barriles por día. Y el dinero llegó. Los ingresos del petróleo ayudaron a construir una de las capitales más modernas de América Latina y crearon una clase media próspera.

En 1999, el fallecido Hugo Chávez se convirtió en presidente de Venezuela y lanzó la Revolución Socialista Bolivariana. Se benefició de un auge de las materias primas que duró hasta 2014. Chávez gastó gran parte de él en proyectos sociales para ayudar a los pobres, pero mucho se desperdició.

Antes de Hugo Chávez hubo una apertura petrolera que trajo al país a todas las grandes petroleras. Invirtieron mucho dinero y agregaron alrededor de 1,1 millones de barriles de capacidad. Y así la combinación de este nuevo petróleo proveniente de estas empresas privadas con el boom de los precios del petróleo, ocultó al país que PDVSA estaba siendo destruida.

Después de una huelga petrolera que terminó en 2003, Chávez despidió a 18,000 trabajadores, muchos de ellos altamente calificados. A partir de entonces, los nombramientos en PDVSA fueron a menudo políticos. Después de la muerte de Chávez en 2013, Nicolás Maduro asumió el cargo.

Poco después, el precio del petróleo se desplomó. La economía entró en picada y nunca se recuperó. Se han ido más de 5 millones de venezolanos. Aquellos que se han quedado enfrentan escasez de alimentos, combustible y medicamentos. Maduro se ha visto obligado a importar gasolina de Irán mientras lucha por mantener a flote la nación.

En este contexto, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha impuesto sanciones de bloqueo. En enero de 2019, Washington tomó medidas contra PDVSA para privar a Maduro de efectivo y obligarlo a dejar el poder. En ese momento, Estados Unidos era el mayor comprador de petróleo venezolano. Ahora no compra ninguno y está presionando a otros países para que sigan su ejemplo.

El régimen de Maduro ha intentado evadir las sanciones y culpa a Estados Unidos por el colapso de la industria. Pero la verdad es que ya el mal estaba hecho. La producción ya había caído un 50 por ciento en las dos décadas anteriores a 2019. Las sanciones han exacerbado la disminución, pero no la causaron.

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